jueves, 23 de septiembre de 2010

LUCIÉRNAGAS: LA CONJURA DE LOS NECIOS


Hace ya mucho tiempo, la rama más carismática de los uros de Asia, África y Europa, se vio abocada a refugiarse en una península denominada Ibérica. Huyeron de lo que ellos llamaban la “conjura de los necios”. Por aquel entonces, los uros más acomodados, vagos y despreocupados empezaron a establecer contacto con la especie humana y a base de prebendas se fueron convirtiendo sin darse cuenta en sus esclavos, siendo criados y sacrificados en condiciones paupérrimas para obtener su carne. Desde distintas zonas geográficas se dieron a la fuga los más bravos y encastados, conformando la rama más respetada de todos los uros. Por las descripciones de la época parece que aún con pequeñas variaciones, tenían una capa de color oscura y uniforme, sin manchas, sólo rompían este color de fondo en algunos una banda de pelo ligeramente más claro que se extendía por el dorso, desde la nuca a la cola, y el pelo de la frente, que era de color pardo aleonado. Los cuernos de los machos eran largos y se curvaban hacia arriba, con la punta de color negro, mientras que los de las hembras eran más cortos. Se agrupaban en manadas de tamaño variable compuestas por machos, hembras y sus crías. Cada cierto tiempo los más viejos se reunían para discutir sobre su futuro, desde su llegada a la península habían notado que los humanos del lugar eran valientes, inteligentes y que el honor para ellos era importante. Hubo entre ellos bastantes enfrentamientos. Sin darse cuenta, los uros y los ibéricos fueron entablando un código de moral, en el que el uro vivía majestuosamente y durante su combate, podría ganar la vida gracias a su bravura o morir con toda su grandeza de guerrero.
Hace pocos días, los más viejos se reunieron en un conclave de urgencia, después de rumiar y rumiar habló el mayor de todos, compañeros "toros", han pasado ya muchos años desde que nuestros antepasados llegaron a esta tierra, aquí llevamos conviviendo con nuestro código de moral durante muchos siglos, bajo las promesas de los animalistas se esconden oscuros intereses, dicen que no vivimos con libertad y que nuestra muerte es indigna, pero lo que no saben es que nosotros hemos sobrevivido gracias a nuestra raza, bravura y casta, que supimos cultivar relacionándonos con el hombre de aquí, hombres de moral y palabra verdadera. Por todo ello, nosotros nunca terminaremos en un zoológico, ni en una reserva como han hecho con sus congéneres los indios, nosotros ya sobrevivimos a una “conjura de necios” y sobreviviremos a esta también.

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