Por su enfrentamiento con los empresarios de Sevilla en 1923, Ignacio Sánchez Mejías no toreó ninguna corrida. Los motivos fueron que no llegaron a un acuerdo económico en el contrato. Consecuencia de lo anterior, los empresarios taurinos decidieron en 1924, no contratarle para la Feria de Sevilla. Según parece, el "cartel" estipuló una cantidad máxima próxima a las 7.000 ptas. de la época. Ignacio Sánchez Mejías, de acuerdo con el matador de una de las corridas de la Feria, se tiró como espontáneo con su traje de calle y realizó una gran faena, el público lo aclamó.
En el dibujo que hizo Miranda a Francisco Romero, se describe perfectamente lo que fueron los inicios del traje de torero. Por primera vez en la historia de la tauromaquia, un torero se enfrentaba a los toros con estoque y muleta, vistiendo calzón, coleto de ante negro, mangas acolchadas con terciopelo negro y cinturón bien ceñido.
El Coleto era una vestidura hecha de piel por lo común de ante, sin mangas, abierta por delante. Por su flexibilidad y dureza, el ante era el material preferido en aquella época para confeccionar los trajes de toreros. Sus cualidades permitían la libertad de movimiento con una cierta protección frente a los posibles rasguños ocasionados por los pitones.
Por esta época el toreo a pie competía con el de a caballo, se inventa la muleta y se introduce la suerte de matar al toro cara a cara a pie. Nicolás Fernández de Moratín, afirmaba que los toreros participaban de una ceremonia al usar “calzón y coleto de ante, correón ceñido y mangas atacadas de terciopelo negro, para resistir las cornadas” . En 1730, la Maestranza de Sevilla se encarga de vestir a los toreadores contratados con vestidos de color grana con galón blanco; acabó siendo el uniforme oficial de la Maestranza. Este encarnado y blanco se mantuvo durante más de de 60 años como uniforme oficial. Fuera de Sevilla, como en Madrid, Granada y Aranjuez ,los toreros tenían cierta libertad en los colores y adornos de sus trajes, siempre que fueran sobrios.
En 1793 a petición de Joaquín Rodríguez , “Costillares”, los toreros de a pie usan galón de plata. Costillares, introduce más adornos colgando botones y bordados en los galones. En 1797 se celebró una corrida en Madrid, actuando como matadores Costillares y Pepe-Hillo. La cuadrilla de Costillares llevaba tela de gusanillo verde celedón y el maestro llevaba vestido guarnecido de galón de plata brillante , ancho, con hojuela de plata por las costuras y rapacejo de plata por los cantos.
Más adelante se cambió el ante por la seda, adoptándose el traje de majo. Con Costillares tuvo lugar la revolución en el diseño del traje de torear. Juan de la Cruz, pinta a Costillares con un traje de los manolos del XVIII, chaqueta media larga; cuerpo de seda y muchos adornos, ondas y botones con filigranas. Hombreras y charreteras anchas de cinta de seda. Mangas estrechas con ojales y botoneras. Resalta la gran faja de seda roja lazada al lado izquierdo. Calzón ancho con botonaduras en los laterales y cerrado por debajo de la rodilla. Medias claras de seda y zapatos bajos con lazos de adorno. Este último detalle se mantiene en los trajes actuales. Curioso es el color de la muleta .
En todos los cuadros de Goya representa al torero con un tocado en la cabeza y el pelo recogido en una redecilla negra, igual que en el cuadro de Juan de la Cruz a Costillares. La larga coleta y la forma de recogerlo, posiblemente se justificaba para proteger la cabeza en caso de golpe por caída. En muchos casos la redecilla negra quedaba rematada por un lazo de seda negro en lo más alto de la cabeza. Con el tiempo al irse suprimiendo la redecilla, aparece la montera en el siglo XIX.
Parecía que ella tenía quince años y él le doblaba la edad. Pero no era tanta la diferencia, aunque tengamos que entrar en arenas tan movedizas como la edad de Lola Flores, problema historiográfico mucho más complicado que el hallazgo de los manuscritos del Mar Muerto o que la datación del manuscrito del Poema del Cid. Recurriendo a la prueba del Carbono 14 de la documentación, digamos que Lola Flores había nacido en Jerez en 1923 y Manolo Caracol, en Sevilla, en 1909. Se llevaban solo catorce años, pero ella parecía una niña y él, un señor mayor. Que era lo que le daba morbo de verdad a sus espectáculos. En aquella España de la postguerra, para que la nación biempensante y victoriosa aceptara a las pareja de hecho, las parejas de hecho tenían que convertirse en parejas artísticas. Sólo así, en los bolos por provincias, les dejaban dormir en el mismo cuarto los dueños de las pensiones, que tenían instrucciones de pedir el Libro de Familia a todo lo que medio sonara a trajín y a plan. El Libro de Familia de esta pareja de hecho estaba nada menos que en la fachada del Teatro Calderón, del Teatro Cervantes, del Teatro Villamarta, del Teatro Duque de Rivas, con unas letras así de grandes: "Lola Flores y Manolo Caracol presentan Zambra 1944". La España de novena y charlas del Padre Venancio Marcos por la red de emisoras propias y asociadas de la Sociedad Española de Radiodifusión iba al teatro muy interesado en aquella Zambra. Zambra que no era oír al carcelero, carcelero abrir rejas y cerrojos por culpita de unos ojos. Era el morbo de cuando Manolo Caracol se ponía el dedo índice en la sisa de su chaleco, se echaba hacia la nuca el sombrero de ala ancha, se acercaba a la reja de cartón piedra del mentado carcelero, carcelero y cantaba su propia historia: Diecisiete años tiene la criatura y yo no me espanto de tanta locura... Y los teatros se emocionaban con aquellos amores prohibidos. Sabían que Manolo Caracol cantaba su propia historia. Sabían que él que era un hombre casado y por ella había perdido el sentido, de modo que en absoluto era La Salvaora, era Lola, la que estaba con Manolo Caracol como pareja de hecho y de derecho artístico, dos monstruos frente a frente, dos temperamentos, dos plenitudes, dos poderíos. Nunca luego ha habido nada igual. Lo de Antonio y Rosario iba por lo fino y por lo Carnegie Hall. Lo de Carmen Morell y Pepe Blanco iba de cocidito madrileño re...picando en la buhardilla. Lo de Juanito Valderrama y Dolores Abril habría de venir mucho más tarde, y además iba de fandangos de desafío. Lo de Pepe Pinto y La Niña de los Peines iba de María Manuela, ¿me escuchas?, yo de vestíos no entiendo, ¿pero de verdad te gusta ése que estás poniendo? Lo del Príncipe Gitano y Dolores Vargas La Terremoto iba de Puerto Moruno de Tánger o de Cortijo de los Mimbrales. Pero lo de Lola Flores y Manolo Caracol iba de jerezana, jerezana es la tierra en que nací, ay, niña de fuego, ay, lerele, lelere, leré, todo el compás. Y luego, Manolo Caracol, a quien el amor había hecho tan joven. Había pasado aproximadamente una eternidad desde que, en 1922, Manuel Ortega Fernández "Caracol el del Bulto", el que había sido mozospás de su primo José Gómez Ortega "Gallito", se llevó a su niño, con trece años y pantalones cortos, al Concurso de Cante Jondo que Falla y García Lorca habían organizado en Granada. Había pasado una guerra, y aquel "Niño de Caracol" era ya Manolo Caracol, en la España del Niño Marchena y del Niño Mairena. Estaba aquel que ya no era un niño embrujado por culpa de su querer, del querer de aquella Lola de la larga mata de pelo. El querer lo rejuvenecía, lo emberrechinaba, noches de España de Lola y Manolo, por esos caminos del amor y el arte. Lo que la Iglesia no había unido lo separaron los hombres. La separación de Lola Flores y Manolo Caracol, aparte de una tragedia artística y una pérdida para el flamenco, fue en realidad el primer divorcio admitido en la España franquista del matrimonio canónico. La Niña de la Venta ya está cantando, ya está cantando, pero una pena, pena la está matando, y es que ya no habrá más espectáculo de aquellas "Melodías de Broadway" a la española que era "Zambra 1947", "Zambra 1948". Desde entonces, cada vez que Lola, ya sola, pedía limosna de amores, los que llenaban los teatros de España pensaba que se la estaba pidiendo a su Manolo Caracol. Habían logrado la perfecta verosimilitud de la narración flamenca de la copla y la zambra. En la España de las convenciones familiares y de los matrimonios rotos, los públicos de los teatros sabían que cuando Doña Concha Piquer cantaba que la otra no tenía un anillo con una fecha por dentro, se estaba en verdad refiriendo a sus amores con el torero Antonio Márquez. En aquella misma España donde Juanita Reina era tan mocita y tan honrada, los públicos de los teatros sabían que cuanto cantaba Manolo Caracol sobre el amor en una reja de cartón piedra eran sus propios sentimientos sobre Lola Flores. Pero Manolo Caracol era casado, casi le doblaba la edad a Lola y decía: Si yo no fuera casáo contigo me iba a perdé... El caso es que se perdió. Pero España los encontró a los dos. Dos monstruos del arte y del amor.
Por su interés y similitud con la actualidad de la Tauromaquia de a pie, traigo parte de la entrevista de Manuela de la Corte al historiador Tomás Llorens.
"No comprendo por qué triunfan los artistas que triunfan"
-¿Me nombra a un artista fundamental para usted?
-El artista al que vuelvo más frecuentemente es Miguel Ángel. Luego están también Matisse, Picasso, Julio González...
-¿Por qué Miguel Ángel?
-Europa ha inventado algo que no han inventado las otras culturas y que es la transformación de las emociones estéticas en grandes principios morales. Creo que quien dio el paso más grande en esa dirección fue Miguel Ángel.
-¿Ve a algún candidato a clásico entre los artistas contemporáneos?
-Debo decir que mi relación con el arte de los últimos quince o veinte años es problemática. Cuando se trata de artistas jóvenes hay muchísimos que me interesan y apasionan. En cambio, el mundo del arte contemporáneo en el que esos artistas se van a desenvolver es un mundo que me repugna.
-¿Por qué?
-No comprendo por qué triunfan los artistas que triunfan. No comprendo el mundo de las subastas ni me interesan. Por desgracia, una gran parte de la actividad pública que se hace en torno al arte contemporáneo está condicionado por los mismos mercados que tienen que ver con que recorten las pensiones. También se han apoderado del poder artístico.
-¿Y cómo ve el futuro de estos artistas?
-Que acaben en una subasta de una casa en Nueva York y que ése sea su triunfo. Si el modelo para un artista de hoy tiene que ser Damien Hist, lo siento pero ese mundo no me interesa.
El personaje de la foto, el mismo que en el video está detrás del gran don Antonio y que está viviendo su cante como si de él mismo se tratara, no es sino Curro Mairena, el hermano del inolvidable Antonio.
Nunca se dedicó profesionalmente al arte y sólo cumplido ya el medio siglo de vida actuó algo en público de la mano de su hermano, principalmente en los festivales veraniegos, destacando sobre todo en el cante por siguiriyas. Cuentan que en una fiesta, auspiciada por la Condesa de Chiris, en la sevillana Venta Marcelino, se dieron cita: Curro Mairena, Manuel Mairena, La Perla de Cádiz, su marido Curro las Gambas, María Vargas, Trini España (bailaora) y el Poeta (guitarrista). Estaban presentes altas autoridades hispalenses que eran los agasajados. Corría el año 1959. Cantó Curro Mairena por siguiriyas a los acordes de «El Poeta» y bailó Trini España. Hizo los cantes de Manuel Torre, Joaquín la Serna y José de Paula, de tal manera que produjo la conmoción de los presentes. La Perla presa de arrebato, mordía histéricamente a su marido y lloraba ebria de satisfacción; Trini España bailaba a sacudidas, como electrizada y el tocaor «El Poeta», cuando acabó Curro de cantar con lágrimas rebeldes brotándole de los ojos, exclamaba: «¡Señores, en tantos años como llevo en ésto nunca habla oido cantar así por siguiriyas!».
Curro Mairena estaba convencido de que las familias gitanas del cante habían sido fundamentales en la conservación y transmisión de lo jondo. "Hay que tener una herencia en la sangre pa ser puro", decía, añorando los tiempos pasados en que él pudo oir cantar a gente como Pastora y Tomás Pavón, Joaquín el de la Paula, Juan Talega, Manolito el de María y tantos otros. Con su muerte desapareció no sólo un buen cantaor, sino también un hombre fundamentalmente bueno. Cuantos le conocieron, le respetaron y consideraron profundamente.