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jueves, 28 de abril de 2011

EL MILAGRO DE REYES


Ayer nada más terminar, Oscar Reyes se tendría que haber ido a la Macarena y rezarle una salve, porque se salvó de puro milagro cuando el Alcurrucen en el par de banderillas, derrotó con el pitón izquierdo atravesándole la chaquetilla como si fuese un papel de fumar.




En ese mismo toro su compañero Francisco Javier Andana se desmonteró tras cuajar un par con los palos muy reunidos en la misma cara.



De los toreros, Oliva muy bien vestido estuvo acelerado con el único toro que dió alguna posibilidad y sólo se entregó de verdad en una tanda por la derecha. Pudo haber cortado una oreja de esas que da Sevilla y te quedas mosca. Pinar y Tendero sin suerte, se alejan del sitio de novedad que tuvieron el año pasado. De los Alcurrucen mejor no hablar, los Lozano mandaron a Sevilla una corrida descastada que sólo lucio fachada. Esperemos que Victorino hoy acierte y nos redima del calvario de los cerca de veinte bovinos que llevamos.

martes, 26 de abril de 2011

LA TORERIA DE UN TERCERO


Cocherito era eso Cocherito, que no Cocherazo y duró 15 muletazos, no más. A Cocherito había que llevarlo muy cosido en la muleta porque si le dabas una cuarta te veía, y eso fue lo que le pasó a Oliva por el pitón derecho, que le vio y lo empaló. Seguidamente le enmendó tres naturales y uno de costadillo, que no de pecho y aquello, puso a la Maestranza y a sus seguidores en pie. Sevilla quiere a Oliva y el gitano debería de aprender a ir dejando de ser sólo Toreador y convertirse en Matador de Toros.

Como le pasa a Vilches, que la espada como que no le sienta bien, todo lo contrario que le pasa con el capote, con el que dejó pasajes de una belleza extraordinaria con las zapatillitas muy asentadas, codilleando y despreciando la mitad de él.


Fandiño, muy concentrado no tuvo suerte con su lote, como el Conde con sus pupilos, que no dieron el juego que de ellos se esperaba.

Pero la verdadera torería se hizo presente en la figura de Curro Trillo, tanto en el primero de la tarde como en el cuarto, a cada uno, Curro Trillo le dejó un par para paladearlo. Andándole muy despacito con los brazos descolgados, se asomó a los pitones y salió de la cara con mucha torería.

sábado, 25 de diciembre de 2010

OLIVA SOTO, UN TORERO CON DUENDE


A poco de cumplirse y celebrarse los cuarenta años del primer alunizaje, corrida lunar en honor de la Virgen de los Reyes, y yo que vuelvo a los tendidos de la Maestranza después de varios e involuntarios años de ausencia. La Luna, a los pies de la Virgen, hacía destellar con argénteo parpadeo el oro de los vestidos de los matadores, a la par que tintaba de esmaltes áureos los bordados de las cuadrillas. La terna de valientes, igual que la del Apolo XI: dos tripulantes hollaron con sus pies la regolita lunar –tocaron pelo- y otro hubo de contentarse con permanecer a los mandos de la nave a espera de mejor ocasión.

Yo fui a ver, en particular, a uno de los toreros, cuya presentación y repetición en Las Ventas viví con interés y entusiasmo hace ya dos estíos: Alfonso Oliva Soto, un hombre con Duende.

No me decepcionó. En esta selenia velada, la Virgen iluminó su capote con dorados fulgores durante toda la corrida. Alumbrado por tan privilegiada candela, derrochó Oliva Soto colorido, sabor a índicas especias en el cimbreo y el temple de las verónicas de saludo, así como en las tres chicuelinas galleando y el cambio de manos por la espalda con que dejó al toro en el caballo. Sentimiento y cromatismo derramó igualmente, con el tercer toro, en ese quite de dos verónicas, en su sacar, dar el pecho con acaganchado resoplido en el remate a una mano… Al cuarto, lo lanceó de capa aplomado por ese peso doliente de los renombrados capoteadotes gitanos de la Cava. Circulan por ahí otras dos capas, otros dos percales, uno de ellos de más o menos su misma quinta, con los que organizarle un duelo cordial -¿por qué no aquí mismo, en Sevilla?- resultaría un deleite para la afición: los de Manuel Amador y David Mora.

Su primer oponente fue complicado de manejar. Manso, quedado, reacio a tomar el primer muletazo, amagaba en el segundo con herir y, tras beberse a regañadientes el tercero, recetado siempre con enjundia torera por Oliva Soto, había ya que vaciarlo con el de pecho. Un toro grandote, soso y con guasa soterrada. El torero le aplicó la faena perfecta, una faena de aire netamente lustral, purificatorio… La más acorde posible con la condición del toro, medidísima de reloj, desgranando el compás y toque precisos. Atacó con el acero con enorme seguridad, sin volver la fisonomía en el embroque, cayendo el toro hendido de muerte y hasta el pomo al primer viaje. Salieron a relucir los pañuelos, y crepitaron las palmas en la vuelta al ruedo.
Su segundo, con embestida propiamente dicha sólo en el primer tercio, fue un regalito, ese toro con el que ciertos aficionados quieren ver a Oliva Soto: falto de fijeza, sobrado de mala uva y con seis o siete gañafones en la recámara, que sólo porque la Virgen, Reina de la Noche, así lo quiso, no rasgaron la nazarena seda. Oliva Soto se sabía en el punto de mira, bajo la lupa del enemigo, y no rehusó plantar batalla. Esquivó los puñales sin mover las zapatillas, muleteó con firmeza y, con la espada, fue un cañón. Esa estocada, su valor y esos lances de lapislázuli engarzado en oro valiéronle la oreja.

La banda no le ayudó, pero a sus manos, recién muerto tan hosco oponente, fue a parar el casi único trofeo de la noche. Ni un solo compás dedicó a sus dos trasteos una murga a la que su director instaba a romper a tocar apenas cualquiera de los otros dos alternantes en el ruedo ligaba muletazo y medio un poco aseados… Claro que no habían pasado diez segundos cuando, visto lo que se daba ahí abajo, había el de la batuta, muy a su pesar, de dar a sus músicos la orden de poner fin al pasodoble. Miraba uno hacia los excelentes músicos de la banda, reflexionaba luego acerca del criterio taurino de su jefe de filas, y no podía evitar pensar en aquello de: “¡Dios, qué buenos vasallos si ovieran buen señor!”

Volveremos, después de este sólido triunfo, a ver a Oliva Soto. Y es que un año en el dique seco nada supone para el Duende. El Duende, a veces, duerme. Pero nunca desaparece. Anoche, en Sevilla, se vio.

Joaquín Albaicín, agosto de 2009