
La España de novena y charlas del Padre Venancio Marcos por la red de emisoras propias y asociadas de la Sociedad Española de Radiodifusión iba al teatro muy interesado en aquella Zambra. Zambra que no era oír al carcelero, carcelero abrir rejas y cerrojos por culpita de unos ojos. Era el morbo de cuando Manolo Caracol se ponía el dedo índice en la sisa de su chaleco, se echaba hacia la nuca el sombrero de ala ancha, se acercaba a la reja de cartón piedra del mentado carcelero, carcelero y cantaba su propia historia:
Diecisiete años tiene la criatura
y yo no me espanto
de tanta locura...
Y los teatros se emocionaban con aquellos amores prohibidos. Sabían que Manolo Caracol cantaba su propia historia. Sabían que él que era un hombre casado y por ella había perdido el sentido, de modo que en absoluto era La Salvaora, era Lola, la que estaba con Manolo Caracol como pareja de hecho y de derecho artístico, dos monstruos frente a frente, dos temperamentos, dos plenitudes, dos poderíos. Nunca luego ha habido nada igual. Lo de Antonio y Rosario iba por lo fino y por lo Carnegie Hall. Lo de Carmen Morell y Pepe Blanco iba de cocidito madrileño re...picando en la buhardilla. Lo de Juanito Valderrama y Dolores Abril habría de venir mucho más tarde, y además iba de fandangos de desafío. Lo de Pepe Pinto y La Niña de los Peines iba de María Manuela, ¿me escuchas?, yo de vestíos no entiendo, ¿pero de verdad te gusta ése que estás poniendo? Lo del Príncipe Gitano y Dolores Vargas La Terremoto iba de Puerto Moruno de Tánger o de Cortijo de los Mimbrales. Pero lo de Lola Flores y Manolo Caracol iba de jerezana, jerezana es la tierra en que nací, ay, niña de fuego, ay, lerele, lelere, leré, todo el compás. Y luego, Manolo Caracol, a quien el amor había hecho tan joven. Había pasado aproximadamente una eternidad desde que, en 1922, Manuel Ortega Fernández "Caracol el del Bulto", el que había sido mozospás de su primo José Gómez Ortega "Gallito", se llevó a su niño, con trece años y pantalones cortos, al Concurso de Cante Jondo que Falla y García Lorca habían organizado en Granada. Había pasado una guerra, y aquel "Niño de Caracol" era ya Manolo Caracol, en la España del Niño Marchena y del Niño Mairena. Estaba aquel que ya no era un niño embrujado por culpa de su querer, del querer de aquella Lola de la larga mata de pelo. El querer lo rejuvenecía, lo emberrechinaba, noches de España de Lola y Manolo, por esos caminos del amor y el arte.
Lo que la Iglesia no había unido lo separaron los hombres. La separación de Lola Flores y Manolo Caracol, aparte de una tragedia artística y una pérdida para el flamenco, fue en realidad el primer divorcio admitido en la España franquista del matrimonio canónico. La Niña de la Venta ya está cantando, ya está cantando, pero una pena, pena la está matando, y es que ya no habrá más espectáculo de aquellas "Melodías de Broadway" a la española que era "Zambra 1947", "Zambra 1948". Desde entonces, cada vez que Lola, ya sola, pedía limosna de amores, los que llenaban los teatros de España pensaba que se la estaba pidiendo a su Manolo Caracol. Habían logrado la perfecta verosimilitud de la narración flamenca de la copla y la zambra. En la España de las convenciones familiares y de los matrimonios rotos, los públicos de los teatros sabían que cuando Doña Concha Piquer cantaba que la otra no tenía un anillo con una fecha por dentro, se estaba en verdad refiriendo a sus amores con el torero Antonio Márquez. En aquella misma España donde Juanita Reina era tan mocita y tan honrada, los públicos de los teatros sabían que cuanto cantaba Manolo Caracol sobre el amor en una reja de cartón piedra eran sus propios sentimientos sobre Lola Flores. Pero Manolo Caracol era casado, casi le doblaba la edad a Lola y decía:
Si yo no fuera casáo
contigo me iba a perdé...
El caso es que se perdió. Pero España los encontró a los dos. Dos monstruos del arte y del amor.
Por Antonio Burgos.
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