sábado, 28 de febrero de 2015

Pues por este... Antonio Burgos

Pues por este...
Pues por este no he oído yo a nadie decir: "Yo me conformo nada más que con verlo hacer el paseíllo; aunque luego no haga nada, ya doy por bien empleado el dinero de la entrada".Pues por este cuando preguntan por un cartel en el que figura nadie dice que torean él y dos más.
Pues por este no fue creado el Domingo de Resurrección como fiesta mayor del toreo según Sevilla, con misa grande de tres capas en forma de tres capotes de paseo y el recuerdo del incienso del Baratillo y de la Carretería aún por la Puerta del Arenal cuando se va camino de la plaza.
Pues por este nunca se abrió el palco del Príncipe para que viniera a verlo su máxima y más egregia partidaria: S.A.R. Doña María de las Mercedes de Borbón y Orleáns, Condesa de Barcelona, esposa de Rey y madre y abuela de Rey.
Pues por este no se hartan las gitanas de vender ramitas de romero para que se las ponga la gente en el ojal de la solapa con esa alegría de ir a la plaza con la esperanza de ver algo grande.
Pues por este no se compran sus detractores rollos de papel higiénico para tirárselos en la plaza, que ya hay que odiar a un torero para ir a la droguería o al Mercadona, comprar un paquete de rollos de papel higiénicos, guardarlos hasta el domingo, cogerlos el domingo, meterlos en una bolsa, llevarlos en el autobús o en el coche, sacarlos del autobús o del coche e ir cargando con ellos hasta la plaza, y entrarlos sin que te digan nada los porteros, y tenerlos allí entre las piernas, con lo estrechos que son los asientos de los tendidos de sol, y al final, ¡zas!, lanzarlos, pero no desenrollados como si estuvieras en el Gol Sol cuando los goles, sino enteritos, y si le pegas con el rollo de papel hiogiénico en toda la cabeza, mejor, más contento que te pones, so mamón.
Pues por este nunca he visto yo que se haya llenado de almohadillas el ruedo de la plaza de los toros de Sevilla, con el trabajo que le da luego a los areneros recogerlas y ponerlas en su sitio, sucias además del pisoplaza si ha llovido y están todas enguarradas del barro de albero, que hay que limpiarlas una por una, ¿no, Ventura?, un lío...
Pues por este no le he oído yo a nadie gritar desde un tendido de sol: "Mañana va a venir a verte tu puta mare...¡y yo!".
Pues por este nunca he escuchado yo tampoco gritar: "Te odio".
Pues por este, en una tarde de las malas, malas, tampoco he oído yo que le dijera un conformista, resignado: "¡Ya vendrá el verano...!
Pues por este no he visto yo a la gente que saliera por el Paseo Colón pegando lambreazos por verónicas o ayudados por bajo.
Pues por este no he visto yo que hayan despedido, por defenderlo frente a un cliente, a un dependiente de Arance, ni que luego hayan tenido que readmitirlo porque un juez haya dicho en una sentencia que seguirlo y admirarlo debe tener el mismo respeto que una religión, pues las creencias profundas de fe y arte están protegidas por la Constitución.
Pues por este no he visto yo que hayan abierto cinco veces la Puerta del Príncipe de Sevilla.
Pues por este no he visto yo que hayan abierto siete veces la Puerta Grande de Madrid.
Pues por este no he visto yo que ningún cronista taurino haya dicho: "Viene pidiendo poetas".
Pues por este nunca repicó con las noticias del arte el teletipo de las amapolas.
Pues por este no he visto yo que despacharan en ninguna Perfumería de las Bellas Artes el tarro de las esencias.
Pues por este no he escuchado yo a Camarón cantándole que es la esencia de los toreros.
¿Y este quiere ser como aquel y mandar en Sevilla como aquel mandaba? ¿Y eso es lo que respeta este a la afición de Sevilla? Este es un niñato. Aquel era un señor. En una palabra: era Sevilla. El señorío de Sevilla. Cuando mandaban los señores y no querían mandar los niñatos, en el toreo no pasaban estas cosas.

viernes, 20 de febrero de 2015

SEVILLA TIENE UN HEDOR ESPECIAL


Posiblemente, a tenor de lo sucedido, ni Morante, ni El Juli, ni Talavante, ni Perera debieron ser nunca considerados figuras del toreo; porque ninguno de ellos es un revolucionario ni tiene la fuerza para echarse la fiesta sobre los hombros y liderarla hacia el futuro; pero entre los cuatro pueden hundirla irremediablemente.

Antonio Lorca.

viernes, 16 de enero de 2015

EL FARAÓN


Joaquín Vidal, titula: Ese Curro incombustible, y escribe:  

"Curro Romero torea a la verónica al cuarto toro (Rodríguez Aparicio). Curro es un permanente renacer. Curro Romero se reaviva de sus propias cenizas y aparece de súbito hecho un torero juvenil y rozagante, valeroso y artista que va y pide pelea. Ese Curro Romero exclusivo es incombustible; como el propio arte de torear.Las verónicas con que recibió al cuarto toro fueron gloria bendita. Las verónicas con que recibió al cuarto toro fueron un cúmulo de valor, de técnica, de arte. Y enloquecieron a la afición. El toro se iba suelto, trotaba abanto abriéndose de las tablas y querían intervenir los peones, pero Curro Romero no les dejaba. Curro Romero había visto la condición del toro tan pronto apareció en el redondel. Qué ciencia infusa, qué genio intuitivo posee Curro Romero para conocer la catadura de los toros en cuanto asoman el morro por el portón de chiqueros constituye un insondable misterio. El caso es que según plantaba el toro la pezuña en el albero Curro hacia otro tanto con las zapatillas y ya estaba presente dispuesto a torear. Al cabo de unos cuantos galopes alocados del toro por los medios Curro lo trajo al tercio, le desengañó de sus querencias, le fijó en el engaño, le enjaretó en un palmo de terreno lo menos diez verónicas inmensas y las abrochó con media verónica de cartel. La Maestranza, ya se puede suponer, se convirtió en un manicomio. El gentío alborotado y en pie, unos se echaban las manos a la cabeza, se abrazaban otros y todos se rompían las manos de aplaudir mientras la banda soltaba al viento sus más jubilosos sones. Estaba lanzado Curro e hizo dos quites a la verónica. Uno detrás de otro. Todo el toro había de ser para él. Mecía el lance con una lentitud asombrosa y restallaban estruendosos los ol&ecute;s. Lo malo fue que no había toro. En el segundo quite se acabó el toro. Se acabó sin remisión al tomar la tercera verónica. Tal cual humillaba perdió el control, cayó de lado, se pegó la gran costalada y quedó en desairada posición, patas arriba, sorprendiendo al personal con la innecesaria exhibición de lo del día de la boda. Aún habría más Curro, más toreo, más arte; pero sin toro. De todos modos aquel toreo de capa quedó plasmado para la historia; su regusto, para engolosinar de por vida los más exigentes paladares; sus formas, como ejemplo de lo que es el arte de torear.

El único toro entero de la corrida salió en primer lugar, Curro Romero lo capoteó bien y en cambio con la muleta se limitó a trapacear. Como si estuviera acabado. Pero renació de sus cenizas en cuanto vio salir al cuarto y tras poner boca abajo la Maestranza con las verónicas tomó la pañosa y se emborrachó de torear. Aprovechando la nobleza del toro, y seguramente tambien su invalidez, le dio pases de todas las marcas, varios de ellos rescatados de las tauromaquias añejas. Todos los pegapases juntos son incapaces de dar al cabo de una temporada entera el riquísimo repertorio que Curro Romero desplegó en sólo tres minutos de faena.

Por eso es el faraón. ¿Algo que objetar?"

jueves, 15 de enero de 2015

GALLERÍAS


Rafael el "Gallo" brindando a el "Bomba"

Acababan de celebrarse las corridas de la feria de Córdoba. Rafael el "Gallo" regresaba en el tren a Sevilla. Durante el trayecto, en el paseillo del coche-vagón tropezó con un amigo que, desde Madrid, se dirigía también a Sevilla.
Tras saludarse, recayó la conversación sobre las corridas de Córdoba. 
- Y tú, ¿que tal has estado? ¿Qué opinaba el público? A lo que el "Gallo" contestó:
- Pues, mira, de mí sólo te diré que las opiniones quedaron divididas.
- ¿Entre tú y el "Bomba"? - preguntó el amigo.
- No respondió Rafael. Es que unos se metían con mi madre y otros con mi padre.

martes, 13 de enero de 2015

LA TAUROMAQUIA DEL SIGLO XXI

En el pasado está el siglo XXI. 
Estos son los verdaderos héroes de la Tauromaquia


lunes, 17 de noviembre de 2014

LIDIA.Cuento de Gilberto Arriaza.

Para Miguel de Jaén
Cuento
Miguel José García podría competir, si quisiera, en elecciones a cualquier puesto publico y podría fácilmente ganar. Es tan popular que su nombre se ha convertido en slogan, uno que invoca flamenco y toros, las dos actividades más grandiosas en la región. Como resultado de la fusión del deletreo de la inicial “M” y de la inicial “J” le llamaban Emejota, o simplemente Emejó, con acento lleno en la final “o”,
El sábado en que se celebraba el Día de la Cruz en el pueblo, Emejó y yo salimos a las ocho en punto de la casa frente al mar. La mañana era esplendorosa y límpida. Llegamos cuando ya habían pasado más de treinta minutos en que el camión tráiler había sido estacionado junto al corral. Estábamos en la parte trasera de la redonda plaza de toros donde las corridas de las fiestas empezarían esa misma tarde.
Al llegar Emejó saludó a todos y cada uno de los hombres congregados en la puerta metálica de la entrada. Lo esperaban ansiosos. Subimos con ellos las escaleras de la plataforma de aluminio, que se elevada en medio de los corrales. Desde allí observamos cada toro salir del camión tráiler. Dos hombres levantaban una rejilla lateral del camión tráiler y conminaban a cada toro a salir y dirigirse por un túnel estrecho, hasta la puerta de entrada del corral principal. Al llegar al corral, cada toro recibía un chorro de agua disparada desde la plataforma por un hombre que manejaba la manguera. Mientras les disparaba el chorro de agua les daba órdenes de tranquilizarse, como quien le ordena a un niño a calmarse. Pero los toros insistían en bufar y patalear. Emejó me explicó que al momento de llegar a la plaza de toros desde la finca de origen, un toro perdía un promedio de cien libras. Eso los hacía más ligeros de movimiento en la lidia. Aunque les dieran todo el pasto del mundo antes de su encuentro con el torero en el ruedo, nunca podrían recuperar el peso original. “Eso loj hace muy peligrosoj,” concluyó.
Observando los toros desde una esquina solitaria de la plataforma estaba Pepe Montes, la estrella de la corrida de esa tarde. Emejó hablaba con él sobre algo que tenía que ver con los animales y la lidia que se aproximaba, ya que hacía gestos en el aire con ambas manos, los que semejaban movimientos estilizados de flamenco. Me llamó con ese movimiento de manos, como echándose aire al pecho, hacia donde ellos platicaban. Me presentó con Pepe Montes, quien extendió sus manos sedosas, mirándome directo a los ojos con los suyos verdes, lánguidos, enmarcados en una cabellera rojiza y una cara dulce, ovalada. Pepe muy bien podría pasar de maestro de escuela, donde la textura de las cosas más duras es la de la tiza de pizarra, o bien de cirujano que no ha tocado nada áspero en su vida. Mi sorpresa sobre sus manos suaves tenía que ver con que hasta entonces pensaba que un torero, naturalmente, me sacudiría del brazo a los hombros al saludar y que estrujaría mis manos de escritor con los callos y quebraduras de unas manos acostumbradas a lazos, sillas de montar, caballos, cuernos y enfrentamiento constante a los toros y la muerte.
Aparte de las maneras urbanas, que más suelen asociarse con burócratas que con hombres cuyo oficio es arriesgar la vida, quizás lo más impresionante de Pepe Montes era su voz melodiosa y delgada.
“Encantao,” me dijo. “Pepe Montej.” No quitó sus ojos de los míos y su mano prendida de la mia se quedó ahi, fija, como ansiosamente esperando mi respuesta. Esa fracción de segundo me supo a minutos y pensé que el hombre vivía en otra esfera de la realidad.
“Manolo Zabieta,” balbuceé, “de Prensa Latina cubriendo su debut como el número uno de los toreros jóvenes de Granada.” El, impávido me seguía cada expresión con sus atentos ojos. Emejó nos dirigió la atención a los monstruos que resoplaban bajo nuestros pies, en el rectángulo húmedo, de tierra suelta.
“Creo que el trej y el siete prometen . Se lej ve buenaj delanteraj y buen porte. Aunque el treje, el canelillo aquel, no ejtoy seguro como je va portar ya en el ruedo.” Dijo Emejó.
“Pongamoj eje canelillo en la lijta,” pidió Pepe Montes, “Nunca se sabe; noj puede dar un buen jaleo, hombre.”
“Se le ve un poco dojil, aunque se lo puee cargar a uno en calquier momento,” asintió Emerjó a la vez que tomaba nota del pedido.
Nos retiramos hacia un espacio, cerca de la entrada a la arena, reservado para la selección del orden de los toros en la lidia. Cada animal tenía un número y participaban cinco preseleccionados. Un asistente del Presidente de la Arena de Toros, escribía los números en un pedazo de papel, el que doblaba y ponía en el hueco de la copa de un sombrero de picador. Luego de mezclarlos, le dieron el turno a cada uno de los toreros y sus respectivas cuadrillas a sacar uno de los papeles de la copa volteada del sombrero. Pepe Montes seleccionaría de primero, ya que era el torero número uno para la corrida de esa tarde.
Metió su mano blanda y pálida en el hueco y sacó un número. Le salió el dos, un toro prieto cuyas ancas le brillaban como espejos bajo el sol. Cuando lo habíamos visto en el corral me había parecido brutalmente hermoso. En cuanto lo pusieron en el recinto donde estaban ya dos, lo primero que hizo fue patear la tierra con ahínco, y correr con la cabeza baja hacia otro, también prieto, quien lo esperó con un porte erguido y desafiante. Lo embistió con el centro de la cabeza, sin usar los cuernos. Lo aventó varios metros hacia una de las paredes. Al recuperarse, el ofendido simplemente se sacudió el polvo y trotó hacia una esquina, lejos del agresor. Los demás toros sabían muy bien el significado de aquella acción y se fueron retirando, poco a poco, hasta dejar al prieto agresor solo, en total control territorial.
Emejó y yo nos fuimos de vuelta a casa. La toreada comenzaba a las siete de la tarde.
II
La arena vibraba al ritmo de los paso dobles que emergían del centro de la sección de sombra. El crescendo de las conversaciones múltiples rebotaban de lado a lado de la barrera, inundándolo todo, como ríos invisibles. La risa y el alborozo de los niños buscando sus asientos complementaban la espera festiva del espectáculo que se aproximaba. Toda aquella algarabía envolvía una incógnita que sabíamos se resolvería con la muerte segura de cinco toros, pero sin ningún predictor sobre la suerte de los toreros titulares y sus cuadrilleros.
En el ruedo ya está la cuadrilla de Pepe Montes, el primer torero,. La banda sigue feliz con los paso dobles. Dos andadores andaluces han salido al centro del ruedo, haciendo maromas estilizadas al mando de diestros jinetes. Esta es una corrida sin picadores y la presencia de los andaluces abre formalmente la lidia de la tarde. Salen los dos caballos de vuelta hacia los chiqueros y entran dos mulas arrastrando un arnés de cadenas y tres hombres que las manejan. Ese es el equipo que sacará del ruedo a los toros muertos. Corren en torno al círculo del ruedo y salen con la rapidez que entraron. En ese instante un hombre sale al medio del ruedo con una pancarta enorme. Es el anuncio de que el primer toro está por salir.
La plaza cae en un súbito silencio. Se abre el portón de los chiqueros y sale bufando el toro prieto, De mi puesto en la barrera casi puedo tocar el hombro del torero asistente. Puedo también ver en sus ojos una profunda preocupación. El torero me parece en ese momento un vulnerable estudiante de arte, tratando de entender a su modelo inquieto. No se le escapa de la vista ningún movimiento del toro enfurecido. Sigue atentamente cada corneada del mamífero al aire, los golpe de sus pezuñas macizas al suelo, como castigándolo. Cada músculo de su enormidad se ve tenso y poderoso. La dirección de la mirada del torero viaja como dardos hacia el animal hirsuto. Detrás del toro flota una leve estela de polvo pardo, marcando su recorrido.

El torero frente a mi sale de su albergue en la barrera. Llama al toro como quien llama a una mascota – “hey, hey., hey, venga!, venga!”. Levanta la capota rosada con sus dos brazos cubiertos de filigrana plateada, lleno de piedras preciosas y lentejuelas que reflejan el brillo del sol. El toro finalmente hace contacto con su mirada. Lo ve fijamente, y baja la cabeza como alistándose a embestir, pero se queda inmóvil. El hombre de las luces lo llama de nuevo – “eje!, eje! Vamoj toro, venga, venga!” Pero el toro simplemente lo observa con detenimiento. Resopla. El torero mueve sus hombros hacia arriba, sacude la capota y camina directamente hacia él. De los brazos y pecho le sigue saltando una lluvia plateada, salpicando la arena con su luz. La capota rosa se eleva y baja, se eleva y baja, siguiendo el ritmo pausado de los brazos de plata del torero. El toro lo sigue viendo con estudiada atención. En un instante, y sin que nadie en los graderíos lo esperara, embiste contra el capote rosa. El torero lo esquiva y sigue la trayectoria del toro con un movimiento ondulante de la capota y con su cuerpo que se achica. El toro pasa veloz y hunde sus cuernos en el aire.
El bovino se vuelve inmediatamente en un radio muy estrecho y parte raudo en busca del origen de la cosa rosada y la ensarta con sus puntudos cuernos. Mas otra vez, su esfuerzo se difumina en el vacío. El torero se aleja a pasos agigantados a su refugio en la barrera. De una esquina de sus ojos el toro lo logra ver y va tras él; por una fracción de segundos lo pierde y lo único que le queda es descargar su furia contra el tablado del refugio. El público grita, y aplaude victorioso. Se oye un suspiro de alivio por todos los graderíos.
Mientras tanto otros dos toreros han salido al ruedo y llaman al toro prieto para distraerlo, provocándolo, conminándolo a que les haga a ellos lo mismo. El toro cautelosamente se acerca a uno de ellos, también de traje plateado. Se dispara a gran velocidad hacia el capote rosa. El torero se lo extiende como una alfombra en el aire y el toro embiste la tela. El hombre de plata corre a su refugio. El toro, frustrado lo sigue y logra golpear la madera y acuchillear algo invisible en el aire. El primero de los toreros espera con las banderillas en uno de los costados del ruedo. Conmina al toro y éste lo embiste. El hombre lo evade y salta casi a la altura del animal y le clava las dos banderillas en la zona de las patas delanteras. El toro mueve con furia su enorme cabeza, estirando el cuello, vanamente tratando de quitarse las banderillas. Un hilo de sangre corre por su pecho y pareciera que la herida lo ha vuelto más violento.
Una nueva voz, lo llama al centro del ruedo y el toro vuelve lentamente su enorme hermosura en su dirección. Un hombre de traje dorado y pantaloncillos azules pegados a la piel como medias de seda, lo espera con una capota roja.
Los rayos iridiscentes del sol rebotan en las lentejuelas doradas y los falsos amatistas y rubíes del traje. Los pantaloncillos azules se le ciñen al cuerpo y terminan atados a sus medias altas, rosadas. Lleva puestas unas zapatillas negras, como bailarín listo para un recital de un pas de deux preparado por Phillip Glass. Llama al toro insistentemente. De pronto el toro se dispara tras la tela roja; pareciera que el color y los movimientos de la capota lo hipnotizan porque de inmediato se da vuelta y vuelve a embestir.
El hombre de oro da medias vueltas y lo deja pasar, posándole la capota sobre la cara y los cuernos por breves instantes. Provocado por la tela roja el animal se contorsiona y vuelve y pasa en continuos movimientos semicirculares, insólitamente rápidos.
El toro ataca la tela roja con tal ferocidad que no deja dudas de sus intenciones. Una y otra vez se la lleva sobre la frente y los cuernos, inútilmente corneando el aire. Pepe Montes no le quita la vista de encima, ni siquiera por un mínimo instante. A una señal del diestro la banda empieza a tocar un paso doble en tono ceremonial. El público revienta en olés y aplausos. Pepe Montes camina directamente hacia al toro que resuella pesadamente. Ambos se detienen, a muy corta distancia. De pronto el torero baja la capota, le da la espalda al animal y camina hacia su albergue. El toro se queda inmóvil. De nuevo el público le grita alabanzas y le aplaude desenfrenadamente.
Pepe Montes sale prontamente y se dirige hacia el toro que sigue paralizado. Esta vez lleva una manta roja pequeña. Llama al toro con lentos movimientos de la manta. El toro embiste hundiendo la cabeza en el rojo de la tela. Pasa y vuelve de nuevo a lo mismo. El torero lo provoca y el toro transita clavándose en el vacío con asidua exactitud. El torero se le va acercando cada vez más hasta casi dejar que el toro le rose los pantaloncillos azules cada vez que embiste la muleta. De pronto e inexplicablemente los graderíos caen en completo silencio. En un estudiado movimiento el torero se torna en u, se hinca sobre la rodilla derecha y llama al toro. La embestida no se hace esperar, pero el hombre ha calculado la distancia de pocos centímetros entre su torso y el paso de los afilados cuernos. Esto se repite dos veces más; ahora el hombre de luces doradas pone su otra rodilla al suelo, como listo para una oración. Pepe Montes ve al toro por unos instantes y se da vuelta de rodillas, dándole la espalda a aquella inmensidad de músculos y cuernos. El público revienta en aplausos. La banda toca mas fuerte y los olé suben y bajan de intensidad por toda la arena, al ritmo de paso doble
III
Cuando el Presidente de la Arena había iniciado la selección de los toros ente los toreros y sus cuadrillas la mañana de la corrida, uno de los toreros y su cuadrilla habían llegado un poco tarde. El equipo a cargo de la ceremonia los había esperado casi una hora. Al llegar al recinto habían hecho una entrada de realeza indisputable. Los cuadrilleros caminaban a corta distancia de su torero, quien vestía un suéter sin mangas, hacienda gala de sus bíceps. El suéter amarillo llevaba en la espalda, en letras color negro en forma circular, el nombre “escuela taurina los luceros”. El cuello del suéter era más grande de lo normal y lo llevaba parado, al estilo de los rebeldes sin causa de los clubs de Harley Davidson de la década de los sesenta. El peinado del torero caía en un medio túnel sobre la frente a la Elvis. Llegó, sólo saludo al Presidente y después de sacar su número de la copa del sombrero, salió sin decir adiós, con sus dos cuadrilleros siguiéndolo por atrás.
Le había tocado el toro que, según Emejó, “ejta un poco pasadillo en peso, maj nuca je sabe. Uno dejtoj te puede dar una buena sorpresa y te carga, coño.” En la tarde el torero de Los Luceros torearía de tercero el toro más grande de todos.
El público en los graderíos hablaba y festejaba al ritmo de Ve-ro-ni-ca, olé! Salió de la puerta de los chiqueros el mismo hombre con el estandarte, anunciando la próxima lidia, como ya lo había hecho dos veces antes. Salió y calló la música y un denso silencio ocupó la arena. El público, expectante, lanzó un suspiro de terror colectivo al ver salir una masa de músculos que se movía como una mancha de sombras bravas.
Uno de los toreros asistentes salió de su barrera defensiva y llamó al toro y se detuvo a dos pasos de la defensa. Con la parte superior de la capota en los dientes y una mano arreglándose la montera negra lo invitaba, lo provocaba a que envistiera. Finalmente, con ambas manos moviendo la tela rosa de arriba para abajo, dio varios pasos más hacia donde el toro permanecía erguido, viéndolo todo con detención, como tomando notas del entorno. Sin ofrecer ningún aviso o señal, el toro abruptamente embistió con toda su corpulencia aquel capote rosado. El torero, sorprendido, logró esquivarlo y el animal pasó a gran velocidad hundiendo sus cuernos en la tela y el aire. Se volteó con la misma velocidad y de nuevo las dagas de sus cuernos se hundieron en el aire. El torero aprovechó ese instante para correr a su refugio y así dejar que otro de los toreros plateados de la cuadrilla, distrajera a la sombra negra que ya se había posesionado del medio del ruedo.
Después de un par de suertes el segundo torero plateado se esfumó en su refugio. Quedó el toro solo frente al torero en traje de oro y pantaloncillo azul, como le corresponde a los toreros titulares. Era el de la casa taurina los luceros. A la luz de los rayos del sol en el ocaso, el traje le brillaba en un tono de oro viejo. El titular se movía con la gracia y drama de los tablados de rumbas y tangos, esquivando las cuchilladas del toro. El animal tiraba fuerte a la muleta roja, el torero lo atraía y lo veía pasar a centímetros de distancia de su cintura. El animal, hendiendo su furia en la muleta y el vacío, no cejaba. De pronto el toro dio una vuelta inesperada a tan alta velocidad que sorprendió al torero de los luceros. Escuchamos de inmediato un aullido de dolor agudo repetirse por toda la arena.
El torero en el suelo se lamentaba, gritaba de dolor. Saltaron todos los toreros de todas las cuadrillas y los otros toreros titulares a distraer al toro, a alejarlo del torero tendido en el suelo envuelto en agudas quejas. Los toreros de su cuadrilla lograron levantarlo y llevarlo a la sección de sol, alejado de la furia prieta que había quedado embistiendo a los demás. Un equipo médico lo evacuó al hospital local. Mucha gente de los graderíos le gritaba “asesino” al toro. El momento en que Pepe Montes salió de nuevo al ruedo se dejó escuchar una ovación total. Alguien grito “mata a eje toro asesino, Pepe”, Otros pedían revancha “Mátalo por haberse cargado a Grande, coño”
Durante varios minutos Pepe Montes jugó con la inmensidad del toro prieto, como lo había hecho con el primero de la tardeada. Al llegar el momento de poner la espada en la muleta roja, volvieron los gritos de condena contra el inmenso toro que había herido a Grande, el de los luceros. Luego de varias suertes vino el estoque certero a la altura de la yugular y el corazón. El toro trastabilló, intentó varias cornadas al aire y fue perdiendo balance. De pronto cayó a tierra con un golpe del tamaño de su cuerpo enorme. Uno de los auxiliares se acercó cuidadosamente donde yacía. Primero lo tocó en un cuerno y el toro apenas pudo levantar unos centímetros su enorme cabeza. El hombre entonces extrajo la espada y se la ofreció a Pepe Montes quien la uso para cortarle las orejas al toro. Luego en una carrera lenta comenzó a darle una vuelta al ruedo, tirando besos con una mano y mostrando las orejas del toro con la otra. El público le respondía con un entusiasmo al borde de una locura colectiva.
Del modo que lo hizo con cada toro que desocupaba la arena muerto y arrastrado por las dos mulas, Emejó se retiró hacia la puerta del chiquero para certificar que la muerte del toro había sido limpia y que llenaba todos los requisitos de higiene. Al volver a la barrera donde los demás técnicos y yo estábamos, en tono pesaroso trajo noticias sobre Grande – había sido corneado en el hombro y concluyó, “no ej tan grave, por la madre de Dioj . Le quebró la clávícula naa maj.”